jueves, 16 de octubre de 2014

Una crónica al pie del cerro La Balanza*



Día 1


Le decimos al cobrador de la combi que nos avise al llegar a la av. España, pues queremos llegar puntuales a nuestra cita. Al bajar, la prolongada av. Túpac Amaru se abre ante nuestros ojos: el irrefrenable andar de combis, mototaxis, y “colectivos” son parte del paisaje de Comas, uno de los distritos más pujantes de Lima. Luego, tomamos un colectivo que nos lleva por cinco soles hasta el último paradero (más tarde nos enteraríamos que un mototaxi nos podía llevar por S./ 1.50). Le preguntamos al chofer: ¿A qué hora empezará la función? -7:30 p. m.-nos dice. El auto comienza a ascender por las calles de un cerro emblemático para los comeños: La Balanza. Hacia allá hemos ido, retando al frío, en busca de una historia sediciosa, esta vez narrada desde el teatro.

Hemos llegado muy temprano, a las 6:00 p. m. Desde la parte alta del Parque Tahuantinsuyo, podemos divisar gran parte de Comas y las diminutas luces que iluminan la ciudad. Nos percatamos que hasta aquí llegan los microbuses del Metropolitano. Poco a poco los vecinos van llegando hasta la canchita del parque, donde se alza un estrado y los tramoyistas preparan el escenario, mientras el animador los convoca: “Hoy tenemos a Ramollano de Trujillo, Tres Latidos de Lima y el Grupo Teatral Milenio”. Este deja a un lado el micrófono y sale del parque, entonces le preguntamos qué significa este despliegue de fuerzas que convoca a los vecinos de La Balanza. Martín contesta con la alegría de quien se siente parte de un insólito acontecimiento: “El Festival Internacional de Teatro en Calles Abiertas (FITECA) es uno de los eventos artísticos más importantes del Perú. Nos autofinanciamos. Los artistas internacionales se alojan en las casas de los pobladores de la zona y cada uno viene con la suya”. Luego, inquietado por una de nuestras interrogantes, hace una denuncia: “El Instituto Nacional de Cultura se comprometió a apoyar a la FITECA, pero luego nos dijeron que no había presupuesto, pero nosotros seguimos trabajando”. (Ironías aparte, mientras hacemos este reportaje, el gobierno condecora a sir Paul Mc Cartney con la Orden El Sol del Perú en grado de Gran Cruz). “Ya no tarda en llegar uno de los organizadores: Marco Esqueche, él se autoexilio por razones políticas en Argentina y sólo estará tres días aquí”, nos dice nuestro joven amigo. Suena interesante: un artista autoexiliado por razones políticas.

Después de media hora, Ramollano inicia la función. Un cura con vestimenta franciscana sale al frente y comienza su prédica contra un demonio, que llevan la gorra del Tío Sam y es denunciado por los encapuchados sacerdotes con un libro que se asemeja a la Biblia. Una ingeniosa metáfora contra el imperialismo. Al término de la obra, aparece el artista Marco Esqueche, quien exhorta  a un equipo de jóvenes teatristas a que vendan polos, afiches y pines alusivos al festival. Los polos son subastados a 30 soles; los afiches, a cinco soles y los pines, a solo dos soles.

Al fin acaba la jornada de ventas y lo perdemos de vista; otro animador lo reemplaza y nos acercamos a él, pues sospechamos que sabe a dónde puede haber ido Marco. Martín aparece de súbito y le dice al animador: “Jorge, es un amigo que ha venido para hacer un reportaje”. Jorge Rodríguez es otro de los impulsores que ahora no puede atendernos, así que tendremos que esperar hasta el final.

La segunda obra presentada aquel primer día del festival es realmente “un punto aparte”, como escuchamos decir a un espectador. Una inverosímil combinación de música, teatro y circo, tres latidos que mantienen en vilo al público. Katya de los Heros, egresada de la Escuela de Teatro de la Pontificia Universidad Católica del Perú; Frank García, egresado de la Escuela de Circo de La Tarumba y Christian Atapáucar, cajonista, flautista y violinista, dan muestras de destreza y profesionalismo.

La noche acaba con el grupo Milenio y su obra Mejunje. A través de una mezcla de fuerza y dinamismo, pasan ante nuestros ojos personajes como la lavandera y el lustrabotas en medio de la percusión musical propia del ritmo afroperuano. Es tarde ya y, sin advertirlo, una amiga artista se nos acerca y nos pregunta: “¿Van a ir a la presentación de Marco? Será en la casa de Janet Gutarra y sólo habrá pase máximo para 30 personas”. Le preguntamos si mañana también se presentará. Entonces, recordamos que Martín nos dijo que el artista se quedaría tres días. Decidimos emprender el camino de regreso a casa, pues la FITECA recién comienza. Un colectivo nos lleva hasta la Túpac Amaru, esta vez tan sólo por 0.70 céntimos.

Día 2





Llegamos a las 7:30 p. m. de la noche, justo cinco minutos antes de que empiece la primera presentación del día. Allí está el artista diciéndole al público que se tendrá que retirar momentáneamente porque se va a la casa de Janet. Antes que dé la vuelta, nos acercamos y le damos la mano, pues queremos que nos hable acerca de Punto final, la obra que presentará dentro de pocas horas. “Sí, a ver cumpa, acompáñeme y hablamos en el camino”.

Lo acompañamos hasta una casa de dos pisos muy cerca del parque Tahuantinsuyo. Entramos. En la mesa se encuentra Lihuén, su amigo argentino, afinando los últimos detalles laptop en mano. Luego de ponerse de acuerdo con él, Marco comienza su relato. “(Esta obra) tiene que ver con el concepto de la muerte que tienen los pueblos del norte, con los mochicas; ellos tenían claro que la muerte era un viaje, tú morías y hacías un camino. En ese viaje necesitabas una ropa, utensilios y una serie de rituales: uno de ellos es el canto. La obra trabaja el tema de la muerte sobre la vida”.  Entonces, hace una revelación insospechada, todo un punto de inflexión. “Cuando se da el genocidio en el penal de Canto Grande, había un compañero, un abogado de la Asociación de Abogados Democráticos, esposo de Yovanka Pardavé Trujillo, también abogada democrática y su hija. Entonces, cuando los compañeros deciden salir porque se habían agotado las últimas posibilidades de resistencia, se agarran de la mano el Dr. Tito Valle Travesaño, su hija en el medio y su esposa, y todos los compañeros a su vez. Cuando agarrarte de la mano no te va a salvar de una bala y comienzan a cantar: Por los valles y los andes, guerrilleros libres van… La metáfora es la siguiente: No se iban a salvar de una bala, es más, estaban yendo al encuentro de ella misma, pero el ser humano tiene ese concepto, está en sus relaciones con un mundo cosmogónico. Por eso, cuando se dice: ´¿Cómo aplicas creadoramente a una realidad un concepto científico?´. Esa aplicación a la realidad hace que se empate y se vincule con la cultura de esos pueblos”.

Entonces, de golpe nos damos cuenta que el artista tiene mucho que decir y sus palabras nos llevan a un pasado reciente, al 6 de mayo de 1992. A un mes del golpe del 5 de abril, el Ejército, a través de la operación Mudanza, exterminó a comunistas, principalmente dirigentes del Partido Comunista del Perú.  

El artista prosigue con su explicación: “El maoísmo es un pensamiento científico que al aplicarse se envuelve con este concepto de la muerte, entonces ahí se explica por qué un cántico no te va a salvar pero era el retar a la muerte, el ponerla en vilo, decirle bueno me voy a enfrentar a ti y me voy a enfrentar cantando”. Marco, como visitante de aquellos días, nunca olvidará el sentido de amplitud que sentía al caminar junto a los presos por el perímetro del patio y el revolotear de las palomas que surcaban los barrotes del penal: “un símbolo de la libertad”. Algo más interesante aún era la pinta en lo más alto de una pared de 6 metros con la inscripción ASALTAR LOS CIELOS CON LA FUERZA DEL FUSIL; “todo un golpe sicológico a la reacción”, nos dice. Punto final enfatiza “la parte espiritual y mágica de los seres humanos” en el contexto anterior y posterior de la guerra popular a través de la mirada de un poblador, es decir, al artista le interesa principalmente la “guerra de símbolos” que se desenvuelve en este contexto. Además, hace una reflexión en voz alta: “Primero hay que reconocer que hubo una guerra porque si no te pierdes un aporte clave en la reconstrucción de la historia del Perú”.

Otro ejemplo de lo simbólico en su obra es el rescate de la canción Salvo el poder, todo es ilusión. Nos dice: “Siglos se hunden, ídolos caen, se quiebra un viejo orden de opresión y en la montaña, un relámpago de fuego hiende la noche con su gran puñal; los mares se agitan, la tormenta arrecia y en el gran desorden, se levanta el Sol”. Se nos viene a la mente lo que por años difunden algunos “analistas” acerca de la “manipulación” de la alegoría andina. Marco niega totalmente esa posibilidad con estas rotundas palabras: “Los maoístas peruanos eran la cultura. Hay un afiche que dice: “Kausachun lucha armadata”. ¿Qué? ¿Los usaron? ¿Como los yanquis? Los yanquis en la guerra de Vietnam usaron el guaraní para poderse comunicar con los aviones y que no los detectaran, ellos sí usaron. Mira los apellidos de los prisioneros políticos: Mamani, Quispe. La reacción dice eso: “Los maoístas usaron, vinieron los guerrilleros”. No, no, si yo soy de aquí, los guerrilleros eran de La Balanza, entonces, reconociendo que nosotros somos de aquí, nosotros le ponemos nuestra impronta cultural”.

El artista profundiza aún más en torno al arte y la cultura de los comunistas peruanos: “Hay un documento del Dr. Guzmán, Somos los iniciadores; es un poema, o la profesora Elena  Yparraguirre que, en vez de “adiestrar” a sus militantes, pinta. Emerge naturalmente el arte, hacen esculturas y le dan la importancia tan grande como, en su momento, a la organización armada. A mí, como artista me interesa ese empate que hubo y cómo los pueblos ancestrales dieron su aporte en esa aplicación, ¿Cómo se especificó esa aplicación? ¿Por qué se llama creadora? Porque era con ingenio aplicar las cosas. Fue una guerra de audacia. Fue la guerra más audaz de este planeta”.

Entonces, con el afán de ilustrarnos en torno al concepto de audacia, recuerda: “Hubo una marcha el año 90 de las compañeras de los hospitales en huelga. De pronto las compañeras van en la marcha con unos papeles periódicos y unos bollitos; la policía al frente y las compañeras tiran los bollitos, la policía empieza a correr porque en esa época la dinamita se envolvía en bolitas y se les revestía de papel, entonces la policía sabía que un círculo envuelto en papel era dinamita. Y las compañeras lo único que habían hecho era una piedra envuelta con papel”.

Marco hace la siguiente interrogante: “¿Qué es lo que tú tienes cuando desarrollas un proceso o te enfrentas a un conflicto?” Su respuesta es firme: “O tienes una ideología poderosa que te conduce y te hace creativo o no tienes nada. La FITECA es un hecho concreto que cuesta 25, 000 euros y nosotros no tenemos un sol, hacemos colecta para la vela”. Pero a pesar de las circunstancias adversas y en esa línea de la creatividad, este festival ya tiene 10 años y es parte de todo un proceso que se remonta al año 64. Ese mismo año se funda La Balanza, “la capital de Comas”, en palabras de este artista fundador del Teatro del Ritmo, miembro de una familia de ocho hermanos que llegaron desde Malambito. Él decidió entregar su vida al arte desde los 12 años. En los 80 se formó como profesional en la ENSAD. A partir de principios de los 90 viaja por países como Chile, Ecuador,  Argentina, Bolivia, Uruguay, Brasil, Cuba e Inglaterra,  desarrollando talleres y participando en diversos encuentros. Desde el 2002 es parte de la cofradía que organiza la FITECA y sólo viene al Perú en ocasiones en que la actividad artística se lo demanda.

Cuando se funda La Balanza, uno de los dirigentes era un actor del Teatro Popular de Comas, el grupo pionero en la historia del teatro comeño, es decir, “Comas comienza su proceso junto con el teatro”. No es casualidad, entonces, que “La Bala”, oficialmente La Libertad, sea un barrio de artistas, “donde el arte es un hecho cotidiano”. A los 12 años, Marco es uno de los fundadores de La Gran Marcha (uno de los grupos organizadores de la FITECA) y “lo fundamos porque habíamos visto el Teatro Popular de Comas”. La Gran Marcha es otro grupo pionero del barrio desde hace ya más de 30 años. “Pero ¿Por qué fundamos un grupo de teatro?”, se pregunta. “Por ejemplo, el teatro estaba en la Asamblea Popular”.  De súbito, se le viene a la mente a la actriz Raida Callalle, quien actuaba antes de la asamblea. También Raúl Salinas, el profesor primario de teatro del colegio 3047, antes 644. Él funda el grupo Gente de Tablas, ganador del Primer Concurso de Teatro Escolar, que derrotó nada menos que al Champagnat.

Así se desarrollaba el arte popular en esos tiempos: “Una obra de teatro antes y de ahí la Asamblea Popular; un músico antes y de ahí la Asamblea Popular”. Así se inició este proceso donde el pueblo se empezó a organizar y el teatro estaba inmerso en un barrio de migrantes del campo a la ciudad durante la segunda gran ola del movimiento campesino. Por ello, su arte se nutre de esas vivencias anteriores a la guerra y del pueblo que lo vio crecer. Asimismo, recuerda que en el 77 “ya comenzaban a llegar las primeras noticias de que se iban a alzar en armas”.

Son las 10 p. m. y nos damos cuenta que la charla con Marco ha terminado. Tiene que alistarse para la presentación de esta noche. Pide que lo sigamos al segundo piso. Ahí están Lihuén con su laptop y Belén, su compañera, ambientando el escenario donde dentro de poco veremos Punto final. Afuera hay una cola de artistas y público con mucha expectativa por ver su más reciente obra. Las anchas calles de este barrio, que acaricia el cielo, guardan muchas voces que ni la furia idiota de la persecución puede silenciar.

*La crónica aquí publicada data del año 2011. Actualmente, Marco Esqueche ya no participa de las actividades de la FITECA.

martes, 14 de enero de 2014

Félix Rebolledo: Más allá de la vida, más allá de la muerte


Nunca antes la elegancia del claroscuro graficó tan hondamente la convulsión social previa a una gesta. Inscribir en la madera con gran maestría una parte de nuestra historia fue tarea de un hombre que se fundió con los que se quitan el mendrugo de la boca para dárnoslo diariamente. Retratos y paisajes de Catacaos, Chorrillos, Barranco y Carabayllo fueron recreados por la tinta de este artista de su época. Sus murales aún perviven para ser explorados por la Historia del Arte. Esta es la leyenda de Félix Rebolledo, el grabador peruano más importante del siglo XX.


Los nuevos amautas
En la década del 40, Catacaos, pueblo del algarrobo, el zapote y los finos sombreros de paja, vio nacer a uno de sus mejores hijos: Félix Rebolledo Herrera. Era el 2 de junio de 1944.

Los paisajes norteños quedarían estampados en la memoria del pequeño Félix quien, a su corta edad, fue iniciado por su padre en el pulcro arte de la pintura. Félix Rebolledo Chinga era un artista y carpintero que enseñó a sus doce hijos a delinear la vida con los pinceles de manera sencilla y diáfana tal como enseñan los artesanos cataqueños a sus hijos el fino tejido de un sombrero de toquilla. La huella del padre quedó imperecedera en la obra del artista, tan es así que este le dedicaría una serie de grabados en los que dibujó escenas de su funeral.

La Escuela 27 de Catacaos albergó al niño Félix durante su educación primaria, mientras que la nocturna de la Gran Unidad Escolar San Miguel sería el lugar donde transcurrió su adolescencia. La Escuela Regional de Bellas Artes, a la que asistió de pequeño, llevaba el nombre de otro gran creador piurano: Ignacio Merino. 

Con solo veinte primaveras, viaja a la capital para matricularse en la Escuela Nacional de Bellas Artes, institución que, en ese entonces, estaba dirigida por el pintor Juan Manuel Ugarte Eléspuru. Gracias a este artista, bebería de las fuentes del arte abstracto por un breve periodo, pero su atención habría de centrarse en la xilografía, la técnica de la impresión en planchas de madera, originaria de China y utilizada también por los alemanes de fines de la Edad Media: Wolgemut y Durero, quienes al igual que Rebolledo tuvieron a sus padres como primeros maestros.

La Medalla de Oro y el Premio Nacional le fueron otorgadas al egresar del "Bellas". A pesar de estar viviendo ya tiempo en Lima, siempre regresaba a su tierra a cargar las andas de la procesión en Viernes Santo. Acaso, cual escena costumbrista, se le podía ver saboreando los siete potajes tradicionales que sirven ese día: galletas con queso, frutas, picante de gallina, sopa de res, arroz con menestra y estofado, pavo con pastel, duraznos al jugo, vino y chicha.

En la exposición “Daniel Hernández”, logró el primer premio y en el concurso “Ciudad de Lima”, obtiene el tercer lugar. Todos estos logros fueron refrendados por los críticos de arte de ese tiempo y por el mismo Ugarte Eléspuru.

En este periodo de su vida, junto a los artistas Marcelino Álvarez, Carlos Cruz, Eulogio de Jesús y Fernando Torres, forma el Grupo 67, una caterva de artistas que expone sus obras en las alturas de Cajamarca. Durante ese lapso de tiempo, el gobierno francés le otorgó una beca para estudiar grabado en metal y la mayor parte del año 67 se dedicó a ahorrar dinero porque tenía la firme intención de continuar su formación artística en París.

El barco Verdi lo llevaría hacia Barcelona, desde donde viaja en tren a la Ciudad Luz. Ingresa alatelier de Robert Cami en la École Nationale Supériore des Béaux Arts, lugar de formación de maestros como Degas, Delacroix y Matisse. Allí se dedica a perfeccionar las técnicas de la xilografía.


En París
En mayo del 68 las calles de París vivían una efervescencia política y social dentro de la primera ola de la revolución de una clase social que había asaltado los cielos en muchos países de Europa, y en China, la cultura cambiaba de alma. La mayoría de intelectuales y artistas europeos creaban sus obras al influjo del creciente movimiento obrero y estudiantil.

En esos turbulentos días el arte era asumido como un instrumento de la lucha de clases por diversos artistas. Entonces, su arte da un salto clave: se nutre de un sentimiento profundo por los de abajo y, en ningún momento, se divorcia del perfeccionamiento de una calidad estética original. La afirmación de que “la forma también representa un contenido” se deja traslucir en todas sus creaciones.

En París, hace buenas migas con el pintor cusqueño Alberto Quintanilla y conoce al ingeniero agrónomo Antonio Díaz Martínez, a quien años más tarde lo uniría un infausto final. Regresa al Perú solo por unas semanas y aprovecha para exhibir sus obras en la galería Cultura y Libertad. Vuelve a Europa y recorre países como Inglaterra, Austria, Bélgica, Suiza, Checoslovaquia e Italia.

Retorna al Perú y esta vez para dedicarse a la docencia artística tanto en su alma mater, Bellas Artes, como en distinguidas instituciones educativas. Sus alumnos lo recuerdan como un profesor que les inculcaba ir a las calles a pintar y dibujar la vida de los más humildes y sencillos. Otra parte de su obra la consagra a dibujar paisajes, desnudos y retratos. La madera de diablo fuerte rojo, una madera muy usada por los maestros ebanistas, es el material que empleará con el objetivo de abaratar costos y hacer más accesible sus obras al pueblo al que ya servía con su arte cada vez más comprometido y de un gran acabado.

Nuevamente, vuelve al Viejo Continente: Madrid, París y otras ciudades de Alemania serían los últimos lugares donde el gran artista expondría sus obras a nivel internacional. Regresa a su tierra y el alcalde cataqueño Humberto Requena lo declara Hijo Ilustre.

En 1978  formó el Movimiento de arte realista: El artista y su época, junto a un pintor que merece una crónica aparte, Francisco Izquierdo López. De esa época data la carpeta Los Agachados, una obra en la que podemos percibir el ambiente claroscuro donde la gente más sencilla pasa miles de penurias por sobrevivir. El contraste entre la claridad y la oscuridad no es antojadizo sino que le sirve al creador para expresar lo más íntimo de la vida del hombre del pueblo.

Por un lado, la claridad ilumina la sencillez del que sólo tiene su fuerza de trabajo para subsistir; por otro lado, la oscuridad delinea la angustia del que es devorado por el ogro capitalista y desenmascara el rostro de sus esbirros. Nadie como él para perennizar, en el grabado, la tensión de esas inmensas fuerzas que se debatían en la época anterior a la epopeya de los 80. Claridad y oscuridad. Luz y Tinieblas. Dos tonos que trabajados con maestría nos dejan ver aquel paisaje estremecedor que guarda en su silencio un gran grito de lucha y rebelión.


Hay un grabado que nos recuerda a los Fusilamientos del 3 de mayo, una obra de Goya, otro hombre de su tiempo que prefiguró sutilmente a los seres deformes y decadentes de un espíritu que tramontaba en España: los vicios del Clero y los Borbones. Las actitudes de los personajes del pueblo frente a la muerte en ambas obras son lo que la hacen similares. Rebolledo nos presenta a un hombre que se ve perdido y agacha la cabeza; a otro hombre que mira a los ojos a sus ajusticiadores, frunce el ceño y alza su voz, y a un último hombre que parece dejarse envolver por el silencio y la duda. Goya nos muestra a tres hombres que exudan conmiseración en sus rostros.

Toribia Flores de Cutipa, una mujer que simboliza a las madres coraje de verdad, ha sido registrada por el genio de Rebolledo. Un brazo fuerte, recio con el que combate y protege a sus niños. La voz de esta mujer resquebraja el silencio de las viejas voces.


En otro grabado nos presenta a Los nuevos amautas. Podemos sentir el calor de una choza en la que se reúnen los de abajo para conspirar contra quienes generan las crisis económicas de todos los tiempos. Otro grabado se enfoca en la protesta de familiares de despedidos que llevan una bandera con una frase que remueve conciencias: “Exigimos Amnistía”.

En 1981 integró la Asociación “Trabajo y Cultura”, una organización de artistas e intelectuales de izquierda que trabajó conjuntamente con los obreros. Allí Félix se preocupó mucho por la difusión de obras de una gran composición, utilizando la serigrafía como técnica. En suma, se dedicó a popularizar el arte y elevarlo desde la vida misma de quienes hacen la historia. No en vano, el crítico de arte Gustavo Buntinx ha señalado la influencia del maoísmo en sus obras.

El artista es requerido por sus paisanos para realizar un mural donde pinta la lucha del campesinado y los estudiantes secundarios de Cañete le solicitan otro mural sobre la Historia del Perú. Aún hoy podemos ver esta obra inacabada en Nuevo Imperial.

Ya iban dos años de haberse iniciado la guerra interna en el país y para entonces el artista ya había adherido al combate por un mundo nuevo con los formidables materiales que un humilde maestro del grabado como él podía tener. Prontamente sería acusado del sambenito de “terrorismo” que pende como una espada de Damocles sobre todos los que se atrevieron y se atreven a denunciar las injusticias del sistema. Infamia a la que recurrieron y recurren quienes ya no tienen más solución que dar a los desposeídos de este planeta.

Federico Rey Sánchez fue un discípulo suyo y, junto a Félix, es recluido en el Pabellón Británico de Lurigancho. Ahí ambos, maestro y alumno, consumarían un mural cuyo tema sería la alianza obrero-campesina. El maestro del grabado enseñó su arte a los prisioneros. Muchos de ellos serían ultimados en el genocidio del 4 de octubre de 1985 por exigir que se les reconozca el estatus de prisioneros políticos. Luego de este acontecimiento, “El Profesor” sería trasladado al Pabellón Industrial y finalmente, el 19 de junio de 1986, a una semana de salir en libertad, fue asesinado como parte del genocidio que perpetró el Estado ese año. 

La mayor parte de la información que aquí se registra la podemos encontrar en el libro El arte de la vida en riesgo de las investigadoras Nanda Leonardini y Angélica Brañez. La primera ha reunido la obra de Félix en las carpetas Catacaos (sobre la vida campesina y urbana de su tierra natal), Los Agachados (la lucha del pueblo contra la explotación), Más allá de la vida (los funerales de su padre) y El Proceso (su propia vida). Asimismo estuvo a cargo de la curaduría de sus obras el 2004 en el Colegio Real de San Marcos.

El año 2009 la Municipalidad Distrital de Catacaos organizó un recital en su homenaje. Un año después nuevamente la curadora sanmarquina preparó una presentación de sus grabados, esta vez en el ICPNA de San Miguel. Ese mismo año, la Asociación de Cultura Sicanni, un colectivo de artistas
piuranos, dirigió un recital con participación del poeta Lelis Rebolledo, hermano del artista.

Todos estos hechos muestran, sin lugar a dudas, que su obra se empieza a revalorar luego de que la crítica oficial la ocultara. Pero la obra de Rebolledo, al igual que la de Vallejo en poesía, ha sabido sobreponerse porque además de haber denunciado la situación del que lleva zapato roto bajo la lluvia, tuvo dominio en la composición del claroscuro; porque, aparte de haber seguido el apostolado de Mariátegui: “La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo también”, supo ser calificado. Falta aún explorar, por ejemplo, su muralística y sus pinturas. Un trabajo pendiente para las nuevas generaciones.

Un amigo de la infancia


Recientemente, conversamos con alguien que conoció a Félix Rebolledo desde niño, el Dr. Andrés Coello, abogado de la Asociación Americana de Juristas. Nos recibió en su estudio de Miraflores. De las paredes de su estudio penden sendos cuadros con carboncillo hechos por el mismísimo Rebolledo durante los quince días de encierro en las mazmorras de la DIRCOTE, antes de ser llevado al penal de Lurigancho.

Cuando Mario Vargas Llosa gana los Juegos Florales en San Miguel de Piura, con La huida del inca, Félix gana el premio de Pintura y mi hermano gana el de Poesía”, nos dice emocionado el Dr. Coello.

Aunque él no fue abogado directo de Félix, recuerda la vez cuando fue a visitarlo días previos al execrable hecho del 19 de junio: “Una semana antes fui a visitarlo y ahí me encontré con el padre Lanssiers, quien me dijo que debía denunciar la matanza que se venía.

Como corresponde a un hombre de Derecho, Coello elevó la denuncia ante los tribunales, pero el Estado terminó por imponer su política de genocidio.

El objetivo que perseguía el Estado en los campos de concentración de El Frontón y Lurigancho, fue aniquilar la moral de quienes habían decidido levantarse en armas contra lo que consideraban un viejo orden. Sin embargo, dentro de los penales para prisioneros políticos existía, y aún hoy existe, una disciplina única.

Mandaban a sus familiares a comprar. Entre ellos había dietistas. Preparaban dieta con tres soles. Siempre que íbamos a verlos, tenían para invitarte”, así recuerda Coello aquellos días lejanos de 1986.

No cabe duda que el arte de Rebolledo tuvo un contenido definido por sus convicciones ideológicas. “¿Han visto esa pintura en la que Abimael está con un libro y tres montañas?...Ya. Félix me contó que esa pintura era de él (Félix). Me gustaría volver a ver esa pintura porque dicen que allí reprodujo varios rostros de amigos”.

Coello no puede ocultar la tristeza que significó la muerte de tantos jóvenes, entre los que se encontraban artistas tan destacados como Félix Rebolledo o intelectuales descollantes como Antonio Díaz Martínez. “Cuando se produjo el genocidio, lloramos…”, termina de decirnos como rememorando los días que pasó junto a su paisano bajo el diáfano cielo de Piura.